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Pautas de crianza08 de oct de 2026

¿Cuánto debemos contarles a nuestros hijos?

Proteger no siempre significa evitarles el dolor. A veces significa acompañarlos mientras descubren que pueden atravesar una situación difícil sin quedar solos frente a ella.

Cuando en una familia ocurre algo difícil, los padres suelen hacerse muchas preguntas: ¿Debo contarle a mi hijo que nos vamos a divorciar?, ¿Es conveniente hablarle sobre el consumo de sustancias de un familiar? ¿Cómo explicarle que alguien querido ha muerto? ¿Qué decirle cuando uno de sus padres o hermanos tiene una enfermedad grave? Detrás de estas preguntas suele existir un deseo profundo de protegerlos, pero también el temor de que conocer ciertas situaciones pueda hacerles daño.

A veces, intentando evitarles el dolor, los adultos optamos por callar, cambiar de tema o dar explicaciones que no corresponden completamente con lo que está ocurriendo. Sin embargo, los niños y adolescentes perciben mucho más de lo que creemos. Pueden notar los cambios en el ambiente, las conversaciones interrumpidas, la tristeza, la preocupación o las ausencias. Cuando no encuentran palabras para comprender lo que sucede, pueden construir sus propias explicaciones, y estas no siempre son menos dolorosas que la realidad.

Contar no significa decirlo todo. Tampoco significa trasladar a los hijos problemas que corresponden resolver a los adultos. Significa encontrar una manera honesta, sencilla y adecuada para su edad de explicar aquello que inevitablemente está afectando su vida. Un niño puede saber que sus padres se separarán sin tener que conocer los detalles del conflicto de pareja. Un adolescente puede comprender que un familiar tiene un problema de consumo de sustancias sin convertirse en su cuidador. Ante una muerte, puede recibir la verdad acompañada de un espacio para preguntar, llorar o incluso no saber qué sentir.

También es importante recordar que sentir emociones cómo miedo, tristeza, rabia, confusión o preocupación, no significa necesariamente que algo esté perjudicando al niño, son emociones que forman parte de la experiencia humana. Lo que puede resultar perjudicial es que el niño tenga que atravesarlas solo, sin explicaciones, sin seguridad o sintiendo que debe proteger emocionalmente a los adultos.

Podemos ayudar cuando escuchamos sus preguntas sin juzgarlas, validamos lo que sienten, evitamos prometer cosas que no podemos garantizar, mantenemos rutinas y referentes de cuidado, y dejamos claro algo fundamental: “Esto es un asunto de los adultos; tú no tienes que solucionarlo”. También podemos preguntar qué han entendido, qué les preocupa y qué necesitan saber, porque no todos los niños viven una misma situación de la misma manera.

Proteger no siempre significa evitarles el dolor. A veces significa acompañarlos mientras descubren que pueden atravesar una situación difícil sin quedar solos frente a ella. Los adultos no podemos construir una infancia completamente libre de pérdidas, cambios, enfermedades o conflictos. Sí podemos procurar que, cuando la vida les presente alguna de estas experiencias, encuentren en nosotros palabras honestas, límites claros, afecto y un lugar seguro donde puedan preguntar, sentir y elaborar lo que está ocurriendo.

Si algo de esto te resuena, podemos hablarlo en consulta.

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